Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El grito del doctor fue tal, que conmovió al americano hasta el fondo del alma.
—Yo le salvaré —exclamó Altamont.
Después, pasando de un salto el torrente de fuego con peligro de caer en él, desapareció en medio de las rocas.
Clawbonny no habÃa tenido tiempo de detenerle.
Sin embargo, Hatteras, llegado a la cima de la montaña, avanzaba hacia el abismo de pie en una roca ya vencida, en una roca que se desplomaba. Las piedras llovÃan en torno suyo. Duck lo seguÃa siempre. El pobre animal parecÃa ya arrastrado por la atracción vertiginosa del abismo. Hatteras agitaba su pabellón, que resplandecÃa con reflejos incandescentes, y el tono rojo del estambre se desplegaba magnÃficamente al soplo del cráter.
Hatteras, con una mano, tremolaba la bandera. Con la otra, indicaba en el cenit del polo de la esfera celeste. Sin embargo, parecÃa vacilar. Buscaba aún el punto matemático donde se reúnen todos los meridianos del Globo, en el cual, en su obstinación sublime, querÃa sentar el pie.
