Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras De repente, le faltó la roca. Desapareció. Un grito terrible de sus compañeros subió hasta la cima de la montaña. ¡Transcurrió un segundo, un siglo! Clawbonny creyó a su amigo perdido y sepultado para siempre en las profundidades del volcán. Pero Altamont estaba allí, y Duck también. El hombre y el perro habían cogido al desgraciado en el momento de ir a desaparecer en el abismo. Hatteras estaba salvado, salvado a pesar suyo, y una hora después el capitán del Forward, privado de todo sentido, descansaba en brazos de sus compañeros desesperados.
Cuando volvió en sí, el doctor interrogó su mirada con una angustia muda. Pero aquella mirada inconsciente, como la de un ciego que mira sin ver, no le respondió.
—¡Gran Dios! —dijo Johnson—. ¡Está ciego!
—¡No! —respondió Clawbonny—. ¡No! ¡Mis pobres amigos, no hemos salvado más que el cuerpo de Hatteras! ¡Su alma ha quedado en la cima del volcán! ¡Su corazón ha muerto!
—¡Loco! —Clamaron consternados Johnson y Altamont.
—¡Loco! —respondió el doctor.
Y copiosas lágrimas brotaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas.