Aventuras del capitan Hatteras

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Además, no dejaban de hacer algunos disparos y mataron gansos, ánades y somormujos, que les proporcionaban una alimentación fresca y sana. En cuanto a su aguada, la renovaban fácilmente con témpanos de agua dulce que se encontraban en el camino, porque tenían cuidado de no alejarse de las costas, ya que la fragilidad de la falúa no permitía echarse mar adentro.

En aquella época del año el termómetro estaba ya constantemente bajo el punto de congelación, y el tiempo, después de algunos días de lloviznas, amenazó con nieve. El sol empezaba ya a rozar el extremo horizonte, y cada día su disco se dejaba notar más al sesgo. El 30 de julio los viajeros lo perdieron de vista por primera vez, es decir, que tuvieron ya una noche de algunos minutos.

Sin embargo, la falúa avanzaba bien, llegando algunas veces a andar en veinticuatro horas de 60 a 65 millas. No había ni un instante de detención. Los viajeros sabían cuántas fatigas tendrían que arrostrar y cuántos obstáculos les opondría el camino de tierra, si era preciso tomarlo, y aquellos mares no podían tardar en helarse. Había ya témpanos nuevos diseminados por distintos puntos. El invierno, bajo las altas latitudes, sucede inmediatamente al verano, sin primavera ni otoño. Las estaciones intermedias faltan. Era, pues, preciso darse prisa.


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