Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Es verdad; pero, por triste que sea, ofrece un albergue suficiente a algunos habitantes, y hasta a europeos civilizados.
—Sin duda. En Disko, en Uppernawik, encontraremos hombres que consienten en vivir en tan crueles climas; pero yo siempre he creÃdo que permanecen en ellos por fuerza y no voluntariamente.
—Es muy posible. Sin embargo, el hombre se acostumbra a todo, y esos groenlandeses no me parecen tan dignos de lástima como los trabajadores de nuestras grandes ciudades. Podrán ser desgraciados, pero a buen seguro no son miserables. Y digo desgraciados, sin que esta palabra exprese con toda exactitud mi pensamiento. En efecto, si no gozan ellos del bienestar de los paÃses templados, acostumbrados a este rudo clima, encuentran en él evidentemente goces que nosotros ni siquiera concebimos.
—Asà debe de ser, señor Clawbonny, puesto que el cielo es justo; pero muchos viajes me han traÃdo a estas costas, y siempre han oprimido mi corazón estas tristes soledades. Hubiera convenido dar a los cabos, a los promontorios y a las bahÃas nombres más agradables, pues el cabo de los Adioses y el cabo Desolación no son los más propios para atraer a los navegantes.