Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —A fe mÃa —respondió Bell, el carpintero, que habÃa oÃdo toda la argumentación de Clifton—, que vuestras razones no tienen vuelta de hoja.
Sin embargo, los otros marineros daban la callada por respuesta.
—En fin —dijo Bolton—, ¿a dónde vamos en el Forward?
—No lo sé —respondió Bell—; en un momento dado, Ricardo Shandon recibirá el complemento de sus instrucciones.
—¿Pero por quién?
—¿Por quién?
—SÃ, ¿cómo? —DecÃa Bolton.
—¡La respuesta, Bell, la respuesta! —Exclamaron los demás marineros.
—¿Por quién? ¿Cómo? No lo sé —replicó el carpintero, no pudiendo salir del paso.
—Por el perro-capitán —dijo Clifton—. Ha escrito ya una vez: ¿por qué no ha de poder escribir otra? Si yo supiese la mitad, no más que la mitad, de lo que sabe el animalito, me parecerÃa poco hacerme primer Lord del Almirantazgo.
—Conque —repuso Bolton— para concluir, ¿a ti no hay quien te apee de que ese perro es el capitán?
—Lo dicho, dicho.