Cinco semanas en globo

Cinco semanas en globo

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Se acercaba el instante de los últimos adioses. El comandante y los oficiales abrazaron con efusión a sus intrépidos amigos, sin exceptuar al digno Joe, que estaba muy contento y satisfecho. Todos quisieron que el doctor Fergusson les diese un apretón de manos. A las nueve, los tres compañeros de viaje ocuparon su puesto en la barquilla. El doctor encendió el soplete y avivó la llama de modo que produjese un calor rápido. El globo, que se mantenía junto al suelo en perfecto equilibrio, empezó a levantarse a los pocos minutos. Los marineros tuvieron que aflojar un poco las cuerdas que lo retenían. La barquilla se elevó unos veinte pies.

-¡Amigos míos -exclamó el doctor, puesto en pie entre sus dos compañeros y quitándose el sombrero-, pongámosle a nuestro buque aéreo un nombre que le dé suerte! ¡Llamémosle Victoria!

Resonó un hurra formidable.

-¡Viva la reina! ¡Viva Inglaterra!

En aquel momento la fuerza ascensional del aeróstato aumentó prodigiosamente. Fergusson, Kennedy y Joe dirigieron un último adiós a sus amigos.

-¡Suelten las cuerdas! -exclamó el doctor.

Y el Victoria se elevó por los aires rápidamente, mientras las cuatro piezas de artillería del Resolute atronaban el espacio en su honor.

 

 


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