Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -Debemos convencernos por nuestros propios ojos, Dick, y lo mismo da pasar aquí la noche que en otra parte. Exploraremos el pozo hasta el fondo; acaso quede aún algo del manantial que hubo en otro tiempo.
El Victoria tomó tierra. Joe y Kennedy pusieron en la barquilla un peso de arena equivalente al suyo y bajaron. Corrieron al pozo y penetraron en su interior por una escalera que no era mas que polvo. El manantial parecía agotado desde muchos años atrás. Cavaron en una arena seca y suelta, de una aridez incomparable, sin hallar indicio alguno de humedad.
El doctor les vio volver a la superficie del desierto inundados de sudor, agotados, cubiertos de un polvo fino, desalentados, desesperados.
Comprendió la infructuosidad de sus investigaciones. Lo presentía, pero no había dicho una palabra. Comprendía que a partir de aquel momento debería tener valor y energía por los tres.
Joe traía en la mano los fragmentos de un odre, que tiró con cólera en medio de los huesos esparcidos por el suelo.
Durante la cena reinó un profundo silencio entre los viajeros, que comían con repugnancia.
Y sin embargo, no habían sufrido aún los verdaderos tormentos de la sed; sólo desesperaban por el futuro.