Cinco semanas en globo

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Joe dispuso las hogueras igual que la noche anterior, y, durante las guardias del doctor y de Kennedy, no se produjo ningún nuevo incidente.

Pero, hacia las tres de la mañana, Joe, que era el encargado de la vigilancia, notó que bajaba la temperatura, que el cielo se cubría de nubes y que la oscuridad aumentaba.

-¡Alerta! -exclamó, despertando a sus compañeros-. ¡Alerta! ¡Se levanta viento!

-¡Es una tempestad! -dijo el doctor contemplando el cielo-. ¡Al Victoria! ¡Al Victoria!

Tuvieron que darse prisa. El Victoria se inclinaba bajo la fuerza del huracán y arrastraba la barquilla, que iba surcando la arena. Si, por casualidad, hubiera caído una parte del lastre, el globo habría partido y toda esperanza de encontrarlo habría sido vana.

Pero Joe, corriendo más que un galgo, detuvo la barquilla, y el aeróstato se dobló sobre la arena con peligro de romperse. El doctor ocupó su sitio, encendió el soplete y arrojó el exceso de peso.

Los viajeros miraron por última vez los árboles del oasis, que se plegaban por efecto de la tempestad, y luego arrastrados por un viento del este a doscientos pies de altura, desaparecieron en la noche.


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