Cinco semanas en globo

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Y, rendido por la emoción y la fatiga, cayó desvanecido, mientras Kennedy, casi delirante, exclamaba:

-¡Salvado! ¡Salvado!

-¡Pues no faltaba más! -dijo el doctor, que había recobrado su impasibilidad habitual.

Joe estaba casi desnudo y llevaba impresos sus padecimientos en los ensangrentados brazos en el cuerpo, cubierto de cardenales y magulladuras. El doctor curó sus heridas y lo acostó bajo la tienda.

Joe recobró luego el sentido y pidió un vaso de aguardiente, que el doctor le dejó beber, porque a Joe no había que tratarlo como a la generalidad de los enfermos. Después de beber, el valiente criado estrechó la mano de sus dos compañeros y se manifestó dispuesto a contar su historia.

Pero, como el doctor no le permitió hablar, concilió un profundo sueño, que bien lo necesitaba.

En aquellos momentos el Victoria trazaba una línea oblicua hacia el oeste. Empujado por un viento muy fuerte, volvió a ver las orillas del desierto espinoso por encima de las palmeras curvadas o arrancadas por el ímpetu de la tormenta; y, tras haber recorrido casi doscientas millas desde el rescate de Joe, el anochecer superó los 10º de longitud.

 


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