Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo -Lleguemos a la orilla -replicó el cazador- y eso habremos ganado.
-Es precisamente lo que intentamos hacer -dijo el doctor-. Pero me inquieta una cosa.
-¿ Cuál?
-Tendremos que salvar montañas, y resultará muy difícil, ya que no puedo aumentar la fuerza ascensional del aeróstato ni siquiera, produciendo el mayor calor posible.
-Aguardemos a ver qué ocurre -dijo Kennedy.
-¡Pobre Victoria! -exclamó Joe-. Le he tomado el mismo cariño que un marino a su buque, y me separaré de él con pesar. Ya sé que no es lo que era cuando emprendimos el viaje, pero, aun así, no debemos criticarlo. Nos ha prestado grandes servicios, y me romperá el corazón abandonarlo.
-Tranquilízate, Joe; si lo abandonamos, será a pesar nuestro. Nos servirá hasta que se halle extenuado. Sólo le pido que se mantenga otras veinticuatro horas.
-Se agota -dijo Joe, contemplándolo-, flaquea, se le va la vida. ¡Pobre globo!
-Si no me equivoco -intervino Kennedy-, tenemos en el horizonte las montañas de que hablabas, Samuel.
-En efecto -dijo el doctor, después de examinarlas con su anteojo-. Muy altas me parecen; mucho nos ha de costar atravesarlas.