Cinco semanas en globo
Cinco semanas en globo Mientras el doctor proseguÃa su curso en la cámara de los oficiales, Joe se despachaba a gusto en el castillo de proa y hacÃa historia a su manera, procedimiento seguido por los más eminentes historiadores de todos los tiempos.
Se trataba, como era natural, del viaje aéreo. Joe consiguió, no sin trabajo, que aceptasen la empresa los espÃritus recalcitrantes; pero, una vez aceptada, la imaginación de los marineros, estimulada por los relatos de Joe, ya no concibió nada que fuese imposible. El ameno narrador persuadÃa a su auditorio de que después de aquel viaje emprenderÃan otros muchos. Aquél no era más que el primer eslabón de una larga serie de empresas sobrehumanas.
-Creedme, camaradas; cuando se ha probado este género de locomoción, no se puede prescindir de él; asà es que, en nuestra próxima expedición, en lugar de ir de lado, iremos hacia adelante sin dejar de subir.
-¡Bueno! -exclamó un oyente, maravillado-. Entonces llegaréis a la Luna.
-¡A la Luna! -respondió Joe con desdén-. ¡No, eso es demasiado común! A la Luna va todo el mundo. Además, allà no hay agua y es preciso llevar una enorme cantidad de provisiones; e incluso atmósfera en frascos, por poco interés que se tenga en respirar.
-¡Con tal de que haya ginebra! -dijo un marinero muy aficionado a esta bebida.