De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Fue acogido con formidables aclamaciones; pero él se sustrajo a la ovación, se encerró en una habitación del hotel Franklin y no quiso recibir a nadie. Decididamente, no se avenÃa su carácter con el oficio de hombre célebre. Al dÃa siguiente, 23 de octubre, algunos caballos de raza española, de poca alzada, pero de mucho vigor y brÃo, relinchaban debajo de sus ventanas. Pero no eran cuatro, sino cincuenta, con sus correspondientes jinetes. Barbicane, acompañado de sus tres camaradas, bajó y se asombró de pronto, viéndose en medio de aquella cabalgata. Notó que cada jinete llevaba una carabina en la bandolera y un par de pistolas en el cinto. Un joven floridense le explicó inmediatamente la razón que habÃa para aquel aparato de fuerzas.
-Señor-dijo-, hay semÃnolas.
-¿Qué son semÃnolas?
-Salvajes que recorren las praderas, y nos ha parecido prudente escoltaros.
-¡Bah! -dijo desdeñosamente J. T. Maston montando a caballo.
-Siempre es bueno -respondió el floridense-tomar precauciones.