De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -No os he convencido, insignes oyentes -añadió sonriéndose afablemente-. Vamos, pues, a razonar. ¿Sabéis cuánto tiempo necesitarÃa un tren directo para llegar a la Luna? No más que 300 dÃas. Un trayecto de ochenta mil cuatrocientas leguas. ¡Vaya una gran cosa! No llega al que se tendrÃa que recorrer para dar nueve veces la vuelta alrededor de la Tierra y no hay marinero ni viajero un poco diligente que no haya andado más durante su vida. Haceos cargo de que yo no gastaré en la travesÃa más que noventa y siete horas. ¡Pero vosotros os figuráis que la Luna está muy lejos de la Tierra, y que antes de emprender un viaje para ir a ella se necesita meditarlo mucho! ¿Qué dirÃais, pues, si se tratase de ir a Neptuno, que gravita del Sol a mil ciento cuarenta y siete millones de leguas? He aquà un viaje que, aunque no costase más que a cinco céntimos por kilómetro, podrÃan emprender muy pocos. El mismo barón de Rothschild, con sus inmensos tesoros, no tendrÃa para pagar el pasaje, y tendrÃa que quedarse en casa por faltarle ciento cuarenta y siete millones.
Esta lógica sui generis gustó mucho a la asamblea, tanto más cuanto que Michel Ardan, muy enterado del asunto, lo trataba con un entusiasmo soberbio. No pudiendo dudar de la avidez con que se recogÃan sus palabras, prosiguió con admirable aplomo: