De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Desde aquel día, Michel Ardan no tuvo un momento de reposo. Diputaciones procedentes de todos los puntos de la Unión le felicitaron incesantemente, y de grado o por fuerza tuvo que recibirlas. Las manos que apretó y las personas que tuteó no pueden contarse; pero se rindió al cabo, y su voz, enronquecida por tantos discursos, salía de sus labios sin articular casi sonidos inteligibles, sin contar con que los brindis que tuvo que dedicar a todos los condados de la Unión le produjeron casi una gastroenteritis. Tantos brindis, acompañados de fuertes licores, hubieran, desde el primer día, producido a cualquier otro un delirium tremens; pero él sabía mantenerse dentro de los discretos límites de una media embriaguez alegre y decidora.
Entre las diputaciones de toda especie que le asaltaron, la de los lunáticos no olvidó lo que debía al futuro conquistador de la Luna. Un día, algunos de aquellos desgraciados, asaz numerosos en América, le visitaron para pedirle que les llevase con él a su país natal. Algunos pretendían hablar el selenita, y quisieron enseñárselo a Michel. Éste se presto con docilidad a su inocente manía y se encargó de comisiones para sus amigos de la Luna.