De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -Estoy esperando -exclamaba Michel Ardan-que salga de aquí un hombre de armas con arcabuz y coraza. Nosotros estaremos dentro como unos señores feudales, y con un poco de artillería haríamos frente a todos los ejércitos selenitas, en la hipótesis de que los haya en la Luna.
-Así pues, ¿te gusta el vehículo? -preguntó Barbicane a su amigo.
-Sí; me gusta, me gusta -respondió Michel Ardan, que lo examinaba con suamor a lo bello, característico de los artistas-. Me gusta, pero siento que no sean sus formas más esbeltas, más ligeras, su cono más gracioso; debería terminar en un florón de metal tallado o con una quimera, una gárgola, una salamandra y saliendo del fuego con las alas desplegadas y las fauces abiertas...
-¿Para qué? -dijo Barbicane, cuyo carácter positivo era poco sensible a las bellezas del arte.
-¿Para qué, amigo Barbicane? ¡Ay! Por el mero hecho de preguntarlo, temo que no lo comprenderías nunca.
-Habla, hombre, habla.
-Pues bien, en mi concepto, en todo lo que se hace debe intervenir algo el gusto artístico, y es mejor. ¿Conoces una comedia india que se llama El carretón del niño?
-No la he oído nombrar en mi vida -respondió Barbicane.