De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Recipientes, sólidamente sujetos, estaban destinados a contener el agua y los víveres que necesitaban los tres viajeros. Éstos podían procurarse hasta fuego y luz por medio de gas almacenado en un receptáculo especial, bajo una presión de varias atmósferas. Bastaba dar vuelta a una llave para que durante seis días el gas alumbrase y calentase el tan cómodo vehículo. Se ve, pues, que nada faltaba de lo esencial a la vida, y hasta al bienestar. Además, gracias a los instintos de Michel Ardan, a lo útil se juntó lo agradable, bajo la forma de objetos artísticos.
Si no le hubiese faltado espacio, Michel hubiera hecho de su proyectil un verdadero taller de artista. Se engañaría, sin embargo, el que creyese que tres personas debían ir en tal torre de metal apretadas como sardinas en un barril. Tenían a su disposición una superficie de 54 pies cuadrados sobre 10 de altura, lo que permitía a sus huéspedes cierta holgura en sus movimientos. No hubieran estado tan cómodos en ningún vagón de los Estados Unidos. Resuelta la cuestión de los víveres y del alumbrado, quedaba en pie la cuestión del aire.