De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Se encendió el gas; y el proyectil, asà iluminado, presentaba el aspecto de una habitación bastante decente, con las paredes cubiertas de un tapiz acolchado, divanes circulares alrededor y techo abovedado.
Las armas, las herramientas, los instrumentos y demás objetos que contenÃa, iban sujetos al tapiz acolchado y podÃan sufrir sin riesgo el choque de la salida. Se habÃan tomado, en fin, todas las precauciones humanamente posibles para llevar a feliz término tan temeraria tentativa. Miguel Ardán lo examinó y pareció muy satisfecho de su posición.
—Es una cárcel —dijo—, pero una cárcel que viaja, y, con tal de poder asomar la nariz a la ventana, no tendré inconveniente en hacer el contrato de arrendamiento por cien anos. ¿Por qué te rÃes, Barbicane? ¿Qué piensas? ¿Que esta prisión puede ser nuestro sepulcro? Enhorabuena, pero yo no la cambiarÃa por el de Mahoma, que flota en el aire y no se mueve.
En tanto hablaba en estos términos, Miguel Ardán, Barbicane y Nicholl hacÃan los últimos preparativos. Eran, en el cronómetro de Nicholl, las diez y veinte minutos de la noche cuando los tres viajeros se encerraron definitivamente en el proyectil. Aquel cronómetro estaba puesto a la décima de segundo con el del ingeniero Murchison. Barbicane le consultó.