De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Acababan de dar las doce, y el entusiasmo no se apagaba. SeguÃa siendo igual en todas las clases de la población; el magistrado, el sabio, el hombre de negocios, el mercader, el mozo de cuerda, las personas inteligentes y las gentes incultas se sentÃan heridas en la fibra más delicada. Tratábase de una empresa nacional. La ciudad alta, la ciudad baja, los muelles bañados por las aguas del Patapsco, los buques anclados no podÃan contener la multitud, ebria de alegrÃa, y también de gin y de whisky. Todos hablaban, peroraban, discutÃan, aprobaban, aplaudÃan, lo mismo los ricos arrellanados muellemente en el sofá de los bar-rooms delante de su jarra de sherry cobbler, que el waterman que se emborrachaba con el quebrantapechos en las tenebrosas tabernas del Fells-Point.
Sin embargo, a eso de las dos la conmoción se calmó. El presidente Barbicane pudo volver a su casa estropeado, quebrantado, molido. Un hércules no hubiera resistido un entusiasmo semejante. La multitud abandonó poco a poco plazas y calles. Los cuatro trenes de Ohio, de Susquehanna, de Filadelfia y de Washington, que convergen en Baltimore, arrojaron al público heterogéneo a los cuatro puntos cardinales de los Estados Unidos, y la ciudad adquirió
una tranquilidad relativa.