De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Es verdad —murmuró el presidente—, ¿por qué no hemos oÃdo la detonación?
Los tres amigos se miraron, algo desconcertados, porque se presentaba un fenómeno inexplicable. El proyectil habÃa partido, luego la detonación debÃa de haber sonado.
—Sepamos primero dónde estamos —dijo Barbicane— y abramos las escotillas. Al punto se efectuó esa operación, sumamente sencilla. Las tuercas que sujetaban los pasadores sobre las planchas externas de la derecha cedieron la presión de una llave inglesa. Los pasadores fueron empujados hacia fuera y los agujeros que les daban paso fueron tapados con obturadores forrados de caucho.
Inmediatamente la placa exterior giró sobre su charnela como una ventanilla y apareció el cristal lenticular que cerraba la lumbrera. En la parte opuesta del proyectil habÃa otra lumbrera idéntica y otras dos más en el vértice y en el fondo, con lo cual se podÃa observar en cuatro direcciones distintas el firmamento por los cristales laterales y más directamente la Tierra y la Luna por las aberturas superior e inferior. . Barbicane y sus compañeros corrieron al instante hacia el cristal descubierto, por el cual no penetraba el más leve rayo luminoso. Una profunda oscuridad reinaba en torno del proyectil; la cual no impedÃa que el presidente Barbicane gritara: