De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna ¡Qué placer serÃa flotar en ese éter radiante, bañarse, revolcarse en esos rayos puros de sol! Si Barbicane se hubiera acordado de traer una escafandra y una bomba de aire, me habrÃa aventurado a salir y hubiera tomado actitudes de quimera y de hipogrifo en lo alto del proyectil.
—Pues bien, querido Miguel —respondió Barbicane—, no hubieras hecho mucho tiempo el hipogrifo, porque a pesar de tu traje de buzo, el aire contenido en tu cuerpo te habrÃa hecho reventar como una bomba o como un globo que se eleva demasiado en el aire. AsÃ, pues, no sientas nada, y ten presente que mientras flotemos en el vacÃo has de privarte de todo paseo sentimental fuera del proyectil.
Miguel Ardán se dejó convencer hasta cierto punto, conviniendo que la cosa era difÃcil, pero no imposible, palabra que jamás pronunciaba.
Se varió la conversación, pero sin que ésta decayera; los amigos advertÃan que en aquellas condiciones brotaban las ideas en los cerebros como las hojas en los árboles al primer calor de la primavera.
Entre las preguntas y respuestas que se cruzaban, planteó Nicholl una cuestión que no podÃa resolverse fácilmente.
—Hasta ahora —dijo— no hemos tratado sino de ir a la Luna, lo cual está y bien; pero ¿cómo volveremos?