De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Esta alteración de las formas primitivas del satélite no fue sensible sino durante unos cuantos minutos. La distancia del proyectil a la Luna disminuía con gran rapidez, por efecto de su velocidad, que, si bien inferior en mucho a la inicial, era ocho o nueve veces superior a la que llevaban los trenes especiales de los ferrocarriles. La dirección oblicua del proyectil por razón de esta misma oblicuidad, dejaba todavía a Miguel Ardán alguna esperanza de tropezar con un punto cualquiera del disco lunar. No podía creer que no hubiera de llegar, y así lo repetía a cada momento, pero Barbicane, mejor juez en la materia, no cesaba de repetirle con implacable lógica.
—No, Miguel; no podemos llegar a la Luna sino por una caída, y no caemos. La fuerza centrípeta nos mantiene bajo la influencia1unar, pero la centrífuga nos aleja irresistiblemente. Esto fue dicho a Miguel en un tono que hizo perder al mismo sus últimas esperanzas. La parte de la Luna a donde se acercaba el proyectil era el hemisferio boreal; el que los mapas selenográficos colocan en la parte inferior; porque estos mapas están generalmente formados con arreglo a las imágenes que dan los anteojos, los cuales, como es sabido, invierten la dirección de los objetos.