De la Tierra a la Luna

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Por lo tanto, a la distancia que se hallaban, los detalles topográficos dé la Luna observados sin anteojos no estaban determinados sensiblemente. La vista abarcaba el extenso contorno de aquellas inmensas depresiones llamadas impropiamente mares, pero no se podía reconocer su naturaleza. La prominencia de las montañas desaparecía en la espléndida irradiación producida por la reflexión de los rayos solares, y que deslumbraba la vista hasta el punto de no poderla resistir.

Sin embargo, ya se distinguía la forma oblonga del astro, que parecía un huevo gigantesco, cuyo extremo más agudo miraba a la Tierra. En efecto, la Luna, líquida o maleable en los primeros días de su formación, tenía la forma de una esfera perfecta; pero al poco tiempo, solicitada por el centro de atracción de la Tierra, se prolongó por la influencia de la gravedad. Al convertirse en satélite, perdió la pureza nativa de sus formas, su centro de gravedad se adelantó al centro de la figura; y de esta disposición dedujeron algunos sabios la consecuencia de que el aire y el agua podría haberse refugiado en la cara opuesta de la Luna, que nunca es visible desde la Tierra.




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