De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —Pero la Naturaleza no habĂa dejado llano y vacĂo el fondo de aquel cráter que, por el contrario, poseĂa su orografĂa especial y un sistema montañoso que hacĂa de Ă©l una especie de mundo aparte. Los viajeros distinguieron perfectamente conos, colinas centrales, movimientos notables de terreno dispuestos naturalmente para recibir las obras maestras de la arquitectura selenita. AllĂ se dibujaba el sitio ocupado por un templo, aquĂ el de un foro, en algĂşn lugar los cimientos de un palacio, en otro la explanada de una ciudadela. ¡Y todo ello se hallaba dominado por una montaña central de 1,500 pies, vasto circuito en que la antigua Roma hubiera cabido entera diez veces!
—¡Ah! —exclamĂł Miguel Ardán entusiasmado ante aquella perspectiva—. ¡QuĂ© grandiosa ciudad podrĂa construirse en ese anillo de montañas! ¡Ciudad tranquila, refugio apacible, puesto fuera del alcance de todas las miserias humanas! ¡CĂłmo vivirĂan ahĂ tranquilos y aislados todos esos misántropos, todos esos que detestan a la Humanidad y repugnan en absoluto la vida social!
XVIII
Cuestiones graves