De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Los viajeros, a quienes el espectáculo no podÃa apenas cansar, admiraron por largo rato los esplendores de Tycho. Su proyectil, impregnado de efluvios luminosos, en aquella doble irradiación del Sol y de la Luna, debÃa parecer un globo incandescente. HabÃa pasado, pues, casi súbitamente de un frÃo rigurosÃsimo a un calor intenso; como si la Naturaleza quisiera prepararlos asà a convertirse en selenitas.
¡Convertirse en selenitas! Esta idea volvió a suscitar la cuestión de la habitabilidad de la Luna. ¿PodrÃan afirmar algo en pro o en contra? Miguel Ardán instó a sus dos amigos a formular opinión, y les preguntó terminantemente si creÃan que la animalidad y la humanidad se hallasen re presentadas en el mundo lunar.
—Creo que— podemos responder —dijo Barbicane—; pero, a mi parecer, no se debe plantear la cuestión de esa manera; pido presentarla yo de otra.
—Como gustes —respondió Miguel.
—Véanlo aquà —prosiguió Barbicane— El problema es doble, y exige una doble solución. Primera: ¿es habitable la Luna? Segunda: ¿ha estado habitada?
—Muy bien —respondió Nicholl—. Averigüemos ante todo si la Luna es habitable.
—Por mi parte no puedo decir nada —replicó Miguel.