De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna —¿No podemos modificar el movimiento del proyectil?
—No.
—¿Ni disminuir su velocidad?
—No.
—¿Ni aun aligerándole como se aligera un barco demasiado cargado?
—¿Qué quieres arrojar? —respondió Nicholl—. No tenemos lastre a bordo y, además, me parece que el proyectil, aligerado, marcharÃa más aprisa.
—Más despacio —dijo Miguel.
—Más aprisa —replicó Nicholl.
—Ni más aprisa ni más despacio —dijo Barbicane, para poner paz a sus amigos—, porque flotamos en el vacÃo, donde no se puede tener en cuenta el peso especÃfico.
—Pues bien —dijo Miguel, en tono decisivo—, entonces sólo nos queda una cosa que hacer.
—¿Cuál? —preguntó Nicholl.
—¡Almorzar! —respondió imperturbablemente el audaz francés, que siempre acababa de este modo en los momentos de apuro.