De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Se lanzó al océano una fuerte boya reforzada con berlingas. Se sujetó a ella el cabo de la sonda; expuesta únicamente al vaivén del oleaje, no podía derivar mucho. En aquel momento, el maquinista comunicó al capitán que había presión suficiente para marchar. El capitán dio gracias por el aviso, y mandó hacer rumbo Noroeste. La corbeta navegó a todo vapor hacia la bahía de San Francisco. Eran las tres de la mañana. Poco eran doscientas veinte leguas para un buque de tan buena marcha como la Susquehanna. En treinta y seis horas devoró el espacio; y el 14 de diciembre, a la una y veintisiete minutos de la noche, fondeaba en la bahía de San Francisco. Al ver aquel barco de la marina nacional, que llegaba a toda máquina, con el bauprés roto y el palo de mesana apuntalado, excitó la curiosidad pública, y una compacta multitud invadió los muelles, esperando el desembarco.
Así que hubieron fondeado, el capitán Blomsberry y el teniente Bronsfield pasaron a un bote provisto de ocho remeros, que los llevó precipitadamente a tierra; saltaron al muelle.
—¿Dónde está el telégrafo? —preguntaron sin responder a las mil interpelaciones que todo el mundo les dirigía.
El oficial del puerto los condujo en persona a la oficina del telégrafo, en medio de una gran multitud de curiosos.