De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Sabemos también que el gigantesco instrumento se habÃa armado con las mismas condiciones de los reflectores front view por los ingleses. Esta disposición no hacÃa sufrir más que una reflexión a los objetos, y por consiguiente era más clara la visión. De ahà resulta que cuando observaban J. T. Maston y J. Belfast, se hallaban en la parte superior del instrumento y no en la inferior; y llegaban a ella por una escalera de caracol, obra maestra de ligereza, abriéndose debajo de ellos aquel pozo de metal, terminado en un espejo metálico, y que medÃa 280 pies de profundidad. Pues bien, los sabios se pasaban la vida en la estrecha plataforma dispuesta encima del telescopio, y maldecÃan el dÃa, que ocultaba la Luna a su vista; y las nubes, que la cubrÃan obstinadamente durante toda la noche.
Considérese cuál serÃa su alegrÃa al poder contemplar, en la noche del 5 de diciembre, el vehÃculo que conducÃa a sus amigos a través del espacio. Pero a aquel júbilo siguió un amargo desengaño cuando, fiándose de observaciones incompletas, enviaron su primer telegrama con la afirmación equivocada de que el proyectil se habÃa convertido en satélite de la Luna, y que gravitaba en una órbita inmutable.