De la Tierra a la Luna

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A partir de entonces, el proyectil no había vuelto a presentarse a su vista, lo cual se explicaba tanto más fácilmente cuanto que pasaba detrás del disco invisible a la Luna. Pero cuando debió aparecer de nuevo sobre el disco visible, puede juzgarse la impaciencia de J. T. Maston y de su compañero, no menos impaciente que él. A cada minuto de la noche creían ver de nuevo el proyectil y no lo veían. De ahí nacían entre ellos discusiones constantes y disputas violentas, Belfast afirmando que el proyectil no estaba visible, y J. T. Maston sosteniendo que saltaba a los ojos.

—¡Es el proyectil! —repetía J. T. Maston.

—¡No tal! —respondía Belfast—. Es un alud que se desprende de una montaña lunar.

—¡Pues bien, mañana lo veremos!

—No, ya no se le verá más! Va a ser arrastrado al espacio.

—¡No!

—¡Sí!

Y en aquellos momentos en que llovían interjecciones, la irritabilidad bien conocida del secretario del “Glun-Club” constituía un peligro permanente para el respetable Belfast. Pronto se les hubiera hecho imposible aquella vida en común; pero un suceso inesperado cortó de repente las eternas discusiones.


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