De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -¿Así pues -repuso Barbicane-, 800 yardas son el máximo de la velocidad alcanzada hasta ahora en balística?
-Sí -respondió Morgan.
-Diré, sin embargo -replicó J. T. Maston-, que si mi mortero no hubiese reventado...
-Sí, pero reventó -respondió Barbicane con un ademán benévolo-. Tomemos, pues, por punto de partida la velocidad de 800 yardas. La necesitamos veinte veces mayor. Dejando para otra sesión la discusión de los medios destinados a producir esta velocidad, llamo vuestra atención, mis queridos colegas, sobre las dimensiones que conviene dar a la bala. Bien comprendéis que no se trata ahora de proyectiles que pesen media tonelada.
-¿Por qué no? -preguntó el mayor.
-Porque -respondió al momento J. T. Maston-se necesita una bala que sea bastante grande para llamar la atención de los habitantes de la Luna, en el supuesto de que la Luna tenga habitantes.
-Sí -respondió Barbicane-, y también por otra razón aún más importante.
-¿Qué queréis decir, Barbicane? -preguntó el mayor.
-Quiero decir que no basta enviar un proyectil para no volverse a ocupar de él; es menester que le sigamos durante su viaje hasta el momento de llegar a su destino.