De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna -En efecto -repuso el presidente-, pero la allanaremos, porque la fuerza de impulsión que necesitamos resulta de la longitud de la máquina y de la cantidad de pólvora empleada, hallándose ésta limitada por la resistencia de aquélla. Ocupémonos ahora, pues, de las dimensiones que hay que dar al cañón. Téngase en cuenta que podemos procurarle condiciones de una resistencia infinita, si es lícito hablar así, pues no se tiene que maniobrar con él.
-Es evidente -respondió el general.
-Hasta ahora-dijo Barbicane-, los cañones más largos, nuestros enormes columbiads, no han pasado de veinticinco pies de longitud; mucha sorpresa causarán, pues, a la gente las dimensiones que tendremos que adoptar.
-Sin duda -exclamó J. T. Maston-. Yo propongo un cañón cuya longitud no baje de media milla.
-¡Media milla! -exclamaron el mayor y el general.
-Sí, media milla, y me quedo corto.
-Vamos, Maston -respondió Morgan-. Exageráis.
-No -replicó el fogoso secretario-, no sé en verdad por qué me tacháis de exagerado.
-¡Porque vais demasiado lejos!
-Sabed, señor -respondió J. T. Maston, con solemne gravedad-, sabed que un artillero es como una bala, que no puede ir demasiado lejos. La discusión tomaba un carácter personal, pero el presidente intervino.