De la Tierra a la Luna
De la Tierra a la Luna Añádase que aquellos yanquis, valientes todos a cuál más, no se contentaban con fórmulas, sino que descendÃan ellos mismos al terreno de la práctica. HabÃa entre ellos oficiales de todas las graduaciones, subtenientes y generales, y militares de todas las edades, algunos recién entrados en la carrera de las armas y otros que habÃan encanecido en los campamentos. Muchos, cuyos nombres figuraban en el libro de honor del Gun-Club, habÃan quedado en el campo de batalla, y los demás llevaban en su mayor parte señales evidentes de su indiscutible denuedo. Muletas, piernas de palo, brazos artificiales, manos postizas, mandÃbulas de goma elástica, cráneos de plata o narices de platino, de todo habÃa en la colección, y el referido Pitcairn calculó igualmente que en el Gun-Club no habÃa, a lo sumo, más que un brazo por cada cuatro personas y dos piernas por cada seis. Pero aquellos intrépidos artilleros no reparaban en semejantes bagatelas, y se llenaban justamente de orgullo cuando el parte de una batalla dejaba consignado un número de vÃctimas diez veces mayor que el de proyectiles gastados.