El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas Henry d’Albaret no acabó la frase. Entre el bergantín, a bordo del cual iba una numerosa tripulación de piratas, y la Karysta, aunque estuviese sin duda al mando de Nicolás Starkos, su deber no le permitía dudar. Seguramente, abandonando la persecución del bergantín, poniéndose a favor del viento para ganar el extremo del canalizo, podía cortar el paso a la sacoleva, podía alcanzarla y adueñarse de ella. Pero eso hubiera sido sacrificar en su interés personal el interés general, y no debía hacerlo. Lanzarse sobre el bergantín sin perder un instante e intentar capturarlo para destruirlo: eso era lo que tenía que hacer y eso fue lo que hizo. Dirigió una última mirada a la Karysta, que se alejaba con una velocidad asombrosa a través del canalizo que había quedado libre, y dio las órdenes para dar caza al barco pirata, que empezaba a alejarse en dirección contraria.
Enseguida, la Syphanta se lanzó a toda vela tras la estela del bergantín. Al mismo tiempo, sus cañones de caza fueron colocados en posición, y, como los dos navíos no estaban aún más que a media milla de distancia el uno del otro, la corbeta empezó a hablar.
Lo que dijo no fue, sin duda, del gusto del bergantín. Por eso, orzando dos cuartos, intentó ver si, con esta nueva marcha, conseguiría distanciarse de su adversario; pero fracasó en su intento.