El Archipiélago en llamas

El Archipiélago en llamas

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Como es de suponer, los corredores, intuyendo que la pugna se caldeaba, se habían quedado para seguir sus diversas peripecias. La multitud de curiosos manifestaba su interés en aquella lucha a golpes de miles de liras a través de ruidosos clamores. Si, en su mayor parte, conocían al capitán de la sacoleva, ninguno de ellos conocía al comandante de la Syphanta. Ignoraban incluso lo que había venido a hacer aquella corbeta, que navegaba bajo pabellón corfiota, a los parajes de Escarpanto. Pero, desde el inicio de la guerra, tantos navíos de todas las naciones habían sido empleados para el transporte de esclavos, que todo llevaba a creer que la Syphanta servía a este tipo de comercio. Así pues, tanto si los prisioneros eran comprados por Henry d’Albaret, como si lo eran por Nicolás Starkos, para ellos supondría, en cualquier caso, la esclavitud.

De todos modos, antes de cinco minutos, aquella cuestión estaría absolutamente decidida.

A la última puja proclamada por el subastador, Nicolás Starkos había respondido con estas palabras:

—¡Ocho mil liras!

—¡Nueve mil! —dijo Henry d’Albaret.

Nuevo silencio. El comandante de la Syphanta, siempre dueño de sí mismo, seguía con la mirada a Nicolás Starkos, que iba y venía rabiosamente, sin que Skopelo osase abordarlo. Ninguna consideración, por otra parte, habría podido frenar ya la furia de las pujas.


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