El Archipiélago en llamas

El Archipiélago en llamas

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Y sin embargo, no era posible equivocarse en cuanto a las intenciones de aquella flotilla.

—¡Éste sí que es un revoltillo de barcos singularmente sospechosos! —dijo el capitán Todros.

—¡Tanto más sospechosos —respondió Henry d’Albaret— por cuanto reconozco entre ellos el bergantín al que dimos caza inútilmente en las aguas de Creta!

El comandante de la Syphanta no se equivocaba. El bergantín que había desaparecido tan extrañamente más allá de la punta de Escarpanto iba en cabeza. Maniobraba para no separarse de los otros barcos, colocados bajo sus órdenes.

Mientras tanto, algunas ráfagas de viento se habían levantado al este y favorecían aún más la marcha de la flotilla. Pero aquellas rachas, que hacían verdear ligeramente el mar corriendo por su superficie, venían a expirar a uno o dos cables de la corbeta.

De pronto, Henry d’Albaret hizo a un lado el catalejo que no había apartado hasta entonces de sus ojos:

—¡Zafarrancho de combate! —gritó.

Acababa de ver cómo un largo chorro de vapor blanco se esparcía desde la proa del bergantín, mientras que un pabellón era izado al pico. En ese momento, la detonación de una boca de fuego llegaba a la corbeta.

Aquel pabellón era negro y una «S» de color rojo fuego se recortaba sobre su estameña.


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