El Archipiélago en llamas
El Archipiélago en llamas En aquella época, la religión, en Grecia, era todavía una mezcla singular de las leyendas del paganismo y de las creencias del cristianismo. Muchos fieles veían a las diosas de la antigüedad como santas de la nueva religión e, incluso actualmente, como ha hecho notar Henry Belle, esas gentes «amalgaman a los semidioses con los santos, a los duendes de los pequeños valles encantados con los ángeles del paraíso, invocando tanto a las sirenas y las furias como a la Panagia[2]». De ahí la existencia de ciertas prácticas extravagantes y de anomalías que hacen sonreír, y de ahí también la aparición, a veces, de una clerecía incapaz de desenredar ese caos poco ortodoxo.
Durante el primer cuarto del presente siglo, sobre todo —hace unos cincuenta años, en la época en que comienza esta historia—, el clero de la península helénica era todavía más ignorante, y los monjes, indolentes, ingenuos, simples y complacientes, no parecían estar demasiado capacitados para guiar a unas gentes supersticiosas por naturaleza.
