El Chancellor

El Chancellor

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El señor Letourneur ha invitado también a la señorita Herbey a visitar el arrecife, suponiendo que esta excursión le agradaría, y la joven ha aceptado la proposición, muy contenta de verse libre, aunque sólo sea durante una hora, de la tiranía caprichosa de su señora; pero, desgraciadamente, ésta le niega el permiso.

Indignado ante esta conducta, intervengo cerca de la señora Kear en favor de la señorita Herbey, y como le he prestado algunos servicios, la egoísta pasajera concluye por ceder a mis instancias.

La señorita Herbey nos acompaña, pues, algunas veces en nuestros paseos por las rocas, y, en ocasiones, también paseamos por el litoral del islote y almorzamos alegremente en la gruta, al son de las arpas basálticas que la brisa hace vibrar. El placer que experimenta la señorita Herbey al verse libre durante algunas horas nos regocija.

El islote es pequeño, pero nada ha parecido tan grande a la joven. Nosotros también amamos este árido arrecife, y dentro de poco no habrá en él una piedra que no nos sea conocida, ni un sendero que no hayamos seguido alegremente. Es una vasta posesión comparada con el estrecho puente del Chancellor, y tengo la completa seguridad de que a la hora de la partida no lo dejaremos sin sentimiento.


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