El Chancellor
El Chancellor —¡Bueno, señor Kazallon! Responde el joven. ¡No nos dejemos abatir, y tengamos confianza en Dios!».
¡Pues bien! ¡Esta confianza, no nos falta! ¡SÃ! ¡Parece que hayamos salido de pruebas temibles para no volver a pasarlas! Las circunstancias se han vuelto más favorables. ¡Todos nosotros nos sentimos tranquilos y esperanzados!
No sé lo que pasa en el corazón de Roberto Kurtis, y no puedo decir si comparte nuestras esperanzas, porque se mantiene casi siempre aparte de nosotros. ¡El caso es que pesa sobre él la responsabilidad! ¡Él es el jefe, a él le compete no sólo salvar su vida, si no también la de todos nosotros! Sé qué es asà como comprende su deber, también está a menudo absorto en sus reflexiones, y no nos atrevemos a distraerlo.
Durante estas largas horas, la inmensa mayorÃa de los marineros duermen a proa de la balsa. Por orden del capitán, la popa ha sido reservada para los pasajeros, y hemos conseguido montar aquà una barraca o especie de tienda, que nos proporciona algo de sombra. En suma, nos encontramos en un estado satisfactorio de salud. Únicamente, el teniente Walter no consigue recobrar sus fuerzas. Los cuidados que le prodigamos no le hacen nada, y cada dÃa se debilita más.