El Chancellor
El Chancellor EL contramaestre se precipita a la driza que sostiene la vela, y la verga es arriada sin demora. Ya es tiempo, pues la ráfaga pasa sobre nosotros rápida como un rayo. Sin el grito del marinero que nos previno, posiblemente habrÃamos sido derribados y precipitados al mar. La tienda de popa, ha sido llevada por el vendaval. Pero si la balsa no tiene nada que temer directamente por el viento, por ser demasiado baja, si tiene que temer sobre todo por las olas monstruosas, levantadas por el huracán. Estas olas se muestran durante algunos minutos, aplastadas bajo la presión del aire; luego, se levantan más furiosamente, y su altura aumenta en la misma razón en que han venido sufriendo por la compresión del aire. En seguida, la balsa sigue los movimientos desordenados de este oleaje, y se desplaza con, un va y viene incesante, para oscilar de babor a estribor y de proa a popa. —¡Amárrense! ¡Amárrense!—. Nos grita el contramaestre, echándonos unos cabos. Roberto Kurtis corre rápidamente en nuestra ayuda. Pronto los Letourneur, Falsten y yo, nos atamos sólidamente al maderamen de la balsa, el mar sólo nos arrastrara si la balsa se descoyunta. La señorita Herbey se ata por la cintura a uno de los soportes que sostienen la tienda, y, a la luz de los relámpagos, veo su figura siempre serena. Ahora la electricidad se manifiesta sin interrupción, por los relámpagos y por los truenos. Nuestras oÃdos y nuestros ojos están llenos de ellos. Los truenos son continuos, y los relámpago nunca se extinguen. En medio de estos resplandecientes fulgores, la bóveda celeste parece incendiarse entera. Se dirÃa también que el océano esta incendiado como el cielo, y veo varios relámpagos ascendentes que, elevándose desde las crestas de las olas, se cruzan con los que bajan del cielo. La atmósfera esta impregnada de emanaciones sulfurosas, sin embargo hasta ahora el rayo nos ha evitado y sólo nos hiere el mar.