El Chancellor
El Chancellor Hoy se presentan muchos tiburones de gran tamaño, cuyas grandes aletas negras vemos hendir las aguas con suma rapidez. Creyéndolos ataúdes vivos que pronto encerrarán nuestros miserables restos, en vez de asustarme, me atraen. Se acercan hasta rozar los bordes de la balsa, y uno de ellos ha estado a punto de morder el brazo de Flaypol que colgaba hacia afuera.
El contramaestre, con los ojos fijos y desmesuradamente abiertos, y los dientes apretados, considera los tiburones desde un punto de vista diferente del mío. Quiere devorarlos y no ser devorado por ellos, y, si lograra coger uno, no haría ascos a su carne coriácea. Ni nosotros tampoco.
El contramaestre va a intentar la pesca del monstruo, a cuyo efecto se propone fabricar unos ganchos, que, atados a una cuerda, sirvan para el objeto. Roberto Kurtis y Daoulas, conociendo su intención, conferencian y lanzan los extremos de algunas berlingas al agua, a fin de retener los escualos alrededor de la balsa.
Daoulas ha ido a tomar su martillo de carpintero del que piensa hacer un anzuelo, y es posible que, bien por la parte cortante, o por la punta opuesta, se enrede entre las mandíbulas de un tiburón si se lo traga. En cuanto al mango, que es de madera, se puede fijar a un fuerte cabo atado a uno de los montantes de la balsa.