El Chancellor

El Chancellor

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Este mar, cerrado por la tibia corriente del Gulf-Stream, es una vasta extensión de agua cubierta de algas a las que se da el nombre de sargazos, y donde las carabelas de Colón no navegaron sin trabajo, cuando por vez primera atravesaron el océano.

Al amanecer, el Atlántico ofrece a nuestros ojos un aspecto singular y los Letourneur vienen a observarlo, a pesar de las violentas ráfagas de viento que hacen resonar los obenques metálicos, como cuerdas de arpa. Nuestros vestidos pegados a nuestro cuerpo, se desgarrarían por completo si opusieran la menor resistencia al aire. El buque salta sobre este mar espeso a causa de la abundancia de plantas fucáceas, vasta llanura vegetal, que corta con la roda lo mismo que la reja de un arado. A veces, largos filamentos recogidos por el aire arróllanse a las cuerdas como un sarmiento de vid, formando una cortina de verdor, que se extiende de uno a otro mástil. Entre estas algas, interminables cintas que miden de trescientos a cuatrocientos pies de largo, hay algunas que van a arrollarse hasta la perilla de los masteleros, simulando gallardetes flotantes. Durante algunas horas, es preciso luchar contra esta invasión de algas, habiendo momento en que el Chancellor, con su arboladura cubierta de hidrofitos ligados por estas lianas caprichosas, parece un bosque movible en medio de una inmensa pradera.


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