El Chancellor

El Chancellor

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Desde que se ha sabido que hay fuego a bordo, el señor Kear se ocupa en reunir sus objetos más preciosos sin acordarse de su esposa para nada. Después de intimar al segundo la orden de apagar el fuego haciéndole responsable de todas las consecuencias, vuelve a entrar en su camarote de popa sin dejarse ver más. La señora Kear lanza continuos gemidos, y, a pesar de sus ridiculeces, inspira compasión. La señorita Herbey en estas circunstancias se cree menos que nunca exenta de sus deberes para con su ama y la cuida con extremada solicitud, como si el deber lo fuera todo para la simpática joven.

Al día siguiente, 23 de octubre, el capitán Huntly sostiene con el segundo una conferencia, en su camarote, cuyos términos me ha referido poco después Roberto Kurtis.

—Señor Kurtis —dice el capitán, cuyos ojos extraviados revelan la turbación de sus facultades mentales—, ¿es cierto que soy marino?

—Sí, señor.

—Pues bien, figúrese que desconozco mi oficio… Ignoro lo que me pasa… Pero se me olvida todo, ya no sé nada. ¿No hemos seguido la dirección del Nordeste desde nuestra salida de Charleston?

—No, señor —responde el segundo—; hemos marchado con rumbo al Sudeste, siguiendo las órdenes que usted ha dado.

—¿Pero no llevamos cargamento para Liverpool?


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