El Chancellor
El Chancellor Además de la tripulación, van a bordo del Chancellor el mayordomo Hobbart, el cocinero Jynxtrop, y ocho pasajeros, incluyéndome a mí. Apenas los conozco aún; pero la monotonía de una travesía, los incidentes diarios, el roce continuo con personas obligadas a vivir en un estrecho espacio, la necesidad natural de hablar y la curiosidad innata en el corazón del hombre, no tardarán en acercarnos unos a otros. Hasta ahora los cuidados del embarque, la toma de posesión de los camarotes, los preparativos que exige un viaje que puede durar de veinte a veinticinco días y otras varias ocupaciones, nos han tenido alejados a unos de otros, y ni ayer ni hoy se han presentado todos a la mesa, acaso porque se encuentran mareados. No he visto a todos los pasajeros; pero sé que entre ellos hay dos señoras que ocupan los camarotes de popa, cuyas ventanas dan al espejo del buque.
La lista de los pasajeros, que he copiado del rol del buque, es la siguiente:
Señor y señora Kear, norteamericanos de Buffalo.
La señorita Herbey, inglesa, señorita de compañía de los señores Kear.
El señor Letourneur y su hijo Andrés Letourneur, franceses del Havre.
Guillermo Falsten, ingeniero de Manchester, y Juan Ruby, negociante de Cardiff, ambos ingleses.
Y J. R. Kazallon, de Londres, autor de estas notas.