El Chancellor

El Chancellor

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—Seguramente, señor Kazallon, eso podría hacerse con rapidez, si la tripulación pudiera dedicarse a ello en seguida; pero es absolutamente imposible penetrar en la bodega del Chancellor, porque allí el aire no es respirable; ¡y quién sabe los días que habrán de transcurrir antes de que se pueda bajar, porque la capa intermedia del cargamento arde todavía! Además, cuando se haya dominado el fuego, ¿podremos navegar? No; será necesario tapar la vía de agua, que debe ser grande, y cegarla cuidadosamente si no queremos irnos al fondo después de haber corrido el riesgo de morir abrasados. No, señor Kazallon, yo no me hago ilusiones y consideraré como una circunstancia felicísima el que dentro de tres semanas hayamos podido salir del escollo. ¡Quiera el Cielo que no se desencadene alguna tempestad antes de habernos hecho a la mar, porque el Chancellor se haría pedazos, como si fuese de vidrio, en este arrecife, donde pereceríamos todos!

Este es el peligro mayor que nos amenaza. El incendio se apagará seguramente; el buque podrá ponerse a flote, a lo menos todo induce a creerlo así, pero nos encontramos a merced de un golpe de viento, y, aun admitiendo que la parte más alta del escollo pueda servirnos de refugio durante una tempestad, ¿qué será de los pasajeros y de la tripulación del Chancellor cuando no quede del buque sino los restos de un naufragio?


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