El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine El supremo esfuerzo que habÃa tenido que hacer para contenerse durante su conversación, le habÃa quebrantado de tal suerte que apenas podÃa subir la escalera.
—¡SÃ, Karval —repitió al verse solo—, yo te encontraré!…
El tono con que pronunció estas palabras fue tal, que serÃa imposible explicarlo.
Un momento después, y cuando ya se habÃa serenado algún tanto, entró de nuevo en la habitación en que le aguardaba el conde.
Al verse solo con él, miró en torno suyo de una manera investigadora; golpeó las paredes para cerciorarse de cuál era su espesor, y cuando se convenció de que no podÃa ser oÃdo de nadie, se acercó a su amo y, sentándose junto a él, le hizo en voz baja una dolorosa relación de todo lo que acababa de averiguar, durante la cual no dejaron de correr las lágrimas por el rostro de Chanteleine.
Al terminar el relato, consultó Kernan lo que deberÃan hacer.
—¡Ya no tengo esposa!… ¡Ya no tengo hija!… —exclamó el conde con acento desgarrador—. Sólo me resta morir, y moriré defendiendo nuestra santa causa.
—Sà —dijo Kernan con exaltación—, iremos a Anjou, a reunimos con los bravos chuanes que se disponen a empuñar las armas.