El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —SÃ, ¡allá iremos!…
—Hoy mismo —añadió Kernan.
—No, mañana; yo tengo esta noche que cumplir con un sagrado deber.
—¿Y qué deber es ése, señor?…
—Esta noche quiero ir al cementerio a rezar sobre la fosa común, donde habrán arrojado sin duda el cuerpo de mi querida hija.
—Pero ¡pensad!…
—Basta; lo he resuelto —dijo el conde con voz dulce, pero con tono decidido.
—Está bien, rezaremos juntos —añadió Kernan a media voz.

El resto del dÃa lo pasaron aquellos hombres vertiendo silencioso llanto, y estrechándose mutuamente las manos.
De improviso interrumpió el silencio que reinaba en la estancia un griterÃo de voces y cantares que resonaba en la calle. El conde ni siquiera hizo ademán de haberlo oÃdo; pero Kernan se levantó, corriendo a la ventana, para ver lo que ocurrÃa.
Al asomar la cabeza, se estremeció, y tuvo que hacer un esfuerzo supremo para contener un terrible grito de indignación; pero dominando su emoción ni siquiera dio a entender al conde lo que habÃa visto.