El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine Al cabo de veinte minutos, las tapias del cementerio aparecieron ante sus ojos en medio de la oscuridad. A aquella hora, las puertas se hallaban cerradas; pero esto le importó poco al bretón, que por otra parte no había pensado penetrar en el campo santo por donde pudiera verle el guarda.
Dio, pues, la vuelta y se deslizó junto al muro buscando un lugar a propósito para escalarlo. El conde le seguía como un niño obediente o como un ciego.
Después de haber caminado un buen trecho examinando detenidamente la cerca, llegó Kernan a un punto en que se hallaba derruida en parte y por donde podía escalarse con facilidad; esto era lo que el bretón buscaba, y con una agilidad asombrosa trepó por las piedras apenas retenidas por una mezcla de nieve y de barro; una vez allí alargó la mano al conde y le ayudó a subir, hecho lo cual penetraron ambos en el cementerio.

La brillante capa de nieve que cubría el suelo, daba a aquel recinto mayor melancolía de la que encerraba ordinariamente. Las tumbas, las cruces que se elevaban en distintos puntos estaban envueltas en un triste sudario, y se asemejaban a blancos fantasmas que permanecían inmóviles como si estuviesen velando el sueño eterno de los muertos.