El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine —¡Ah!… ¿conque vais a verle al palacio del obispo? Mucho se alegrará de encontrar a un antiguo amigo.
—En efecto, te aseguro que nuestra visita no ha de desagradarle…
—¡Ya, ya! —repuso Scévola, guiñando el ojo y sonriendo groseramente—. Se trata de alguna denuncia de clérigos o de emigrados.
—Tal vez —dijo Kernan, cogiendo del brazo a su amo y llevándole hacia la puerta.
—¡Ea, pues, buena suerte, ciudadano!
—Gracias, y hasta la vista —contestó el bretón saliendo al fin de la posada.
La ciudad parecÃa hallarse desierta: un silencio profundo reinaba en las calles, en donde ni siquiera retumbaban las pisadas sobre la capa de nieve que cubrÃa el pavimento.
El conde y Kernan caminaban, rozando las paredes para no ser vistos, y el primero se dejaba guiar por su criado sin que al parecer notara siquiera el intenso frÃo que aterÃa sus miembros.
Desde que habÃa resuelto ir a rezar sobre el sepulcro de su hija, no habÃa vuelto a pronunciar ni una sola palabra, absorbiéndose completamente en su dolor.
Kernan respetaba aquel silencio.