El conde de Chanteleine
El conde de Chanteleine El cementerio
La noche llegó por fin; el tiempo había variado completamente: grandes copos de nieve caían cubriendo el suelo con un inmenso sudario; al sonar las ocho en una iglesia próxima, el conde se levantó y dijo:
—Ya es hora; partamos.
Kernan, sin responder una sola palabra, se levantó y abrió la puerta, bajando delante de su amo. Trataba de evitar el encuentro de Scévola, pero éste les salió al encuentro al oír sus pisadas, y con ese instinto natural de los posaderos, preguntó el bretón:
—¿Qué es eso, ciudadano, te marchas?
—Sí, amigo mío, mi hermano se encuentra mejor; pásalo bien.
—Mira que hace muy mal tiempo para ponerse en camino; ¿no podrías aguardar hasta mañana?
—No —contestó secamente Kernan, que ya no sabía qué decir.
—A propósito —dijo el posadero—, ¿sabes que el valiente Karval ha vuelto a Quimper?
—Precisamente nos dirigimos al obispado para verle —contestó el bretón.
Al pronunciar estas palabras se volvió a mirar al conde, que felizmente no había oído aquel nombre fatal.
