El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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Un cuarto de hora después volvieron a ponerse en marcha. Había dejado de nevar, pero hacía mucho frío; Kernan se quitó su piel de cabrito, y cubrió con ella los delicados hombros de la joven.

Ya eran las once de la mañana, y los viajeros, que apenas habían andado dos leguas, aún no divisaban el campanario de Plonéis. El campo parecía un desierto; ni una cabaña ni un redil se columbraba en cuanto podía abarcar la vista.

El suelo desaparecía bajo una espesa capa de nieve; María ya no podía dar un paso, y Kernan se vio obligado a tomarla en brazos; pero la pobre niña, a quien el movimiento de la marcha ni siquiera daba calor, se sintió completamente helada al dejar de andar; el conde y Trégolan se quitaron sus capotes y envolvieron con ellos sus pies y sus brazos.

Por fin, y venciendo los rigores de la estación y las dificultades del camino que seguían, llegaron a la aldea de Kermingny; pero todavía quedaba legua y media para llegar a Douarnenez; el frío se había hecho tan intenso que tuvieron que detenerse, y María perdió el conocimiento.

—Es imposible seguir más adelante —exclamó Kernan con angustiado acento y deteniéndose de improviso—. Esta infeliz criatura necesita absolutamente algunas horas de descanso.


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