El conde de Chanteleine

El conde de Chanteleine

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El conde tomó a su hija de los brazos del bretón, y apoyándola sobre su pecho, se sentó al borde del camino, tratando de calentar sus manos con su aliento, y sus pálidas mejillas con sus ardientes besos.

—¿Qué haremos?… ¿Qué haremos?… —exclamaba Kernan con desesperación—. Es preciso hallar un asilo; pero no es posible aproximarse a ninguna vivienda humana sin exponerse a una traición.

—¡Cómo! —Dijo el conde con dolorosa extrañeza—. ¿Luego en este país no existe ni siquiera un alma caritativa capaz de darnos hospitalidad?

—Ninguna —repuso el caballero Trégolan—. Dirigirnos a la cabaña de un campesino sería correr a entregarnos a una muerte cierta; los soldados azules tratan con tan bárbaro rigor a los que dan asilo a los proscritos, que nadie osaría en estos contornos ocultarnos por todo el oro del mundo, pues al que infringe la bárbara prohibición de los republicanos, le cortan las orejas y le llevan después a la guillotina.

—Este caballero tiene razón —añadió Kernan—, entrar en una casa cualquiera sería no sólo arriesgar nuestra vida, lo cual nada importaría, sino también la de esta pobre niña.

—Pero, Kernan, el caso es que mi hija se muere si no hallamos pronto un abrigo, y su vida es ante todo —exclamó el conde con desesperación.


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